En éste segmento se intentará de explicar a grandes rasgos, y sin entrar en demasiados tecnicismos médicos, la relación entre los azúcares y la insulina, y como una vez alterada esa relación se progresa con la enfermedad (obesidad, diabetes e hipertensión)
Resumen. La ingesta continua y desmesurada de hidratos de carbono a la cual estamos sometidos termina primero por alterar el mecanismo de regulación de la insulina, y luego lo agota. En ese momento pasamos a ser de obesos a lo que se conoce como un diabético tipo II, que no es nada más que ese mismo obeso, pero que ahora carece de las cantidades necesarias de insulina, lo cual agraba más el cuadro.
Éste primer período, de obesidad pero con los niveles de producción de insulina normales o elevados, se caracteriza por deseos exacerbados por ingerir dulces o pastas en cantidades francamente elevadas, lo cual termina llevando a la obesidad.
La edad más frecuente de aparición de los síntomas corresponde con el comienzo del sedentarismo, alrededor de los 25 años, o con el casamiento, y esto es particularmente cierto para los hombres. Pero el mecanismo puede verse en niños u adolescentes, en especial aquellos que no practican deportes.
Básicamente lo que ocurre es esto. Estamos diseñados para ingerir una cantidad razonable de azúcares y por ende para generar una cantidad limitada de insulina capaz de mantener los límites de la glucemia dentro de la normalidad.
¿Qué supone UD que ocurre cuando día tras día, y año tras año superamos ese límite de ingesta de glucosa unas cien veces en promedio?
Recuerde que hace sólo ciento veinte años, justo antes de la industrialización del agro (en particular de la caña de azúcar), el promedio de ingesta de azúcar era de cuatro (4) kilogramos por año y por persona.
Hoy esa cifra es de sesenta y cinco (65) kilogramos, a los cuales debemos sumarles los carbohidratos contenidos en las bebidas gaseosas, el alcohol, las pasta y el pan, y por sobre todas las cosas, los provistos por la comida chatarra en forma de papas fritas, saladitos varios, cheesitos o galletitas dulces, que de una forma constante y deliberada, sin cargos de conciencia, promueve la industria de los carbohidratos entre los niños.
¡Sí, adivinó! En ese modelo algo tiene que ceder, y lo que cede es la producción de insulina. O reducimos la cantidad de azúcares que comemos o los islotes de Langerhams del páncreas, que son los encargados de producir insulina terminan colapsando.
En el momento en que esto ocurre, y la insulina decrece primero, y desaparece después, se instaura la diabetes tipo II o del adulto, en la cual el paciente, además de ser obeso, necesita de medicación para poder regular sus niveles de azúcar en sangre.
Durante éste período los síntomas son la gula o los llamados antojos, los estados emocionales cambiantes, resultados de los cambios bruscos en la glucemia, que también produce cansancio físico anormal.
El paciente anda por la vida hecho una piltrafa, desmoralizado y con su auto estima por el piso. ¿Y que es lo único que lo consuela, fácil de conseguir y relativamente barato? Dosis altas de carbohidratos, con lo cual el círculo se auto propaga.
En un sujeto normal, la insulina cumple una función muy importante; hace que la glucosa pase de la sangre al interior de las células para ser empleada como combustible.
Éste mecanismo está finamente regulado, ya que valores sostenidos de glucosa en sangre por encima de los normales son incompatibles con la vida, llegándose al coma diabético o, la cual no tratada es mortal.
Bajo condiciones normales, cuando el hígado y el tejido muscular, que son los dos órganos utilizados para almacenar la reserva de azúcares (2,4 kilogramos en total) se ven saturados, todo exceso de glucosa, de proteínas y de grasas ingeridas pasará a convertirse en tejido adiposo (grasa) y guardado como reserva en todo el organismo, aunque su patrón de distribución sigue un orden establecido que difiere entre hombres y mujeres.
Pero, ¿cómo hace el organismo para mantener los niveles de glucemia en valores compatibles con la vida? En el momento que los azucares pasan al torrente sanguíneo, los receptores específicos captan ese aumento de concentración, y la respuesta inmediata es la liberación de insulina. La glucosa entonces sale de la sangre y entra en las células, con lo cual la glucemia retorna a la normalidad.
Pero así como el organismo no tolera excesos en la concentración de glucosa en sangre, tampoco lo hace con los niveles bajos de ésta sustancia, los cuales de no ser corregidos, situación que se conoce como hipoglucemia, lleva a la muerte.
Por lo tanto, un exceso de insulina, denominado hiperinsulinismo, resulta perjudicial, y esto es exactamente lo que ocurre cuando uno ingiere grandes cantidades de azúcares en forma continuada.
Así es como se llega a un exceso en la secreción de insulina, que al cabo de un tiempo termina agotando a las células que la producen. Ésta etapa se demuestra mediante una prueba muy sencilla denominada curva de tolerancia a la glucosa.
El resultado de los aumentos repetidos de la glucemia es un descenso peligroso de la misma, lo cual el cerebro detecta y traduce en una sensación de hambre inmediata.
En una sociedad como la nuestra, en la que la oferta de hidratos de carbono es barata, ilimitada e irresponsable, la respuesta a éste incidente hipoglucémico es inmediatamente compensada con una nueva y copiosa ingesta de comida, preferentemente de azúcares, y ahora acompañada con una voracidad morbosa.
Un ejemplo real nos ayudará a entender todo esto. El famoso copetín o aperitivo, consistente en una copa de alguna bebida alcohólica, preferentemente dulce, acompañada de algunos bocadillos con pan, lo cual se emplea para “abrir el apetito”, ¡y vaya sí lo hace!
Los carbohidratos del alcohol y el pan son rápidamente absorbidos en el estómago, aumentando bruscamente los niveles de azúcar en sangre. La respuesta fisiológica no se hace esperar y se produce la consabida descarga de insulina.
En ese momento los niveles de azúcar bajan bruscamente y es allí cuando nuestro cerebro decreta que tenemos hambre, y nos ponemos a comer como sí fuera la última vez que podremos hacerlo.
Y es así, con comida chatarra, pan, gaseosas o alcohol como comienza un ciclo que se auto perpetua hasta que se desencadena la obesidad. Luego, cuando la insulina comienza a agotarse aparece la diabetes, por lo general junto con hipertensión (por la obesidad ya presente)
De no mediar acción alguna, el final es lento, destructivo y doloroso, y se da en forma de infarto cardíaco, accidente cerebro vascular, insuficiencia renal y/o ceguera por lesión de la retina, más los daños colaterales como la destrucción de las articulaciones de las de las rodillas, el cansancio abrumador ante la menor demanda física, .los continuos “sube y baja” emocionales por variación de la glucemia, la pérdida de la auto estima y algunas cosas más.
¿Qué rescatamos de todo esto? Que para formar grasa debe de haber abundante hidratos de carbonos en la oferta diaria, y que sin los mismos no hay obesidad. Más aún; sin los azúcares no hay hiperinsulinismo, y por lo tanto desaparecen las chances de desarrollar posteriormente una diabetes tipo II.
Corolario. No se puede ser obeso sí no consumimos altas dosis de carbohidratos, y como para desarrollar una diabetes del adulto o tipo II hay que ser obeso primero, bastará con eliminar los azúcares para eliminar esas posibilidades, o sí ya están instaladas revertir la obesidad, la diabetes tipo II y la hipertensión arterial que acompaña a la obesidad.
Algo más. Le que más adelante le propondremos, una vez que haya comprendido el por que de cada indicación, es que logre estas metas sin que a cambio tenga que pasar hambre o tan siquiera restringirse en las cantidades de comida, y lo que es mejor, sin tener que tomar medicamentos algunos. Como gran cambio, y una vez que se estabilice, tendrá que dejar de tomar la medicación para la diabetes o la hipertensión.
¿No cree que valga la pena intentarlo?
Continua.........
Dr. Daniel Stilmann.